Sam Bottom

Sam Bottom era un hombre grande en todos los sentidos. Tenía unas enormes manos que movía constantemente, incluso al andar se ladeaban asimétricamente al ritmo de sus caderas, en un lento movimiento más propio de primates que de homínidos. Sus anchas cejas coronaban un rostro que llenaba la vista de cualquiera que fuera capaz de superar sus dos metros de altura para mirarle directamente a los ojos. Sus espaldas hubieran servido de parapeto a una cuadrilla completa de romanos, incluido un potencial vigía subido a los hombros de algún compañero. Sus orejas eran radares y sus ojos pozos tan negros como negra era su piel y su mirada, porque Sam Bottom tenía una mirada que reflejaba un interior muy negro a pesar de que haber sido el hombre de más corazón de su barrio.

Lo tuvo, pero le perdió el no saber medir el corazón de la gente.

Sí, Sam Bottom decía no haberse dado cuenta ninguna de las tres veces que estuvo enamorado de cómo era el corazón de su novia. Decía que aún nadie había inventado un medidor de corazones ajenos, y que a él le había fallado la vista, pero que nunca más le iba a pasar. Y de hecho no se había dado cuenta tampoco de que se había ido metiendo en un túnel cada vez más oscuro. Necesito luz, se decía. Y con esa excusa empezó a comprar decenas de bombillas y a ponerlas en el techo de su casa, como si de globos de gas se tratasen. Su casa era idónea para fiestas de cumpleaños, y así parecían creerlo sus familiares y amigos cuando se presentaban allí en masa en visitas inesperadas que terminaban siendo un guateque.

Sam Bottom había amado desde el fondo de su alma a tres mujeres, pero a tanto amor correspondió inexorablemente el desamor de cada una de ellas.

La primera era demasiado cría y no supo encontrar la palabra adecuada para describir a Sam, posesivo y controlador, decía ella cuando, con su ternura habitual, Sam se preocupaba por sus exámenes de la universidad y sus historias de niña.

La segunda era guapa, tan guapa que se le olvidaba usar la cabeza, y no supo dejar de tontear a tiempo con un compañero de trabajo que terminó llevándosela al huerto para dejarla una semana más tarde. Roberta se quedó sola, sin Sam y sin amante, y Sam se quedó tocado para siempre por una infidelidad que no pudo prever.

La tercera era discreta, madura y estable. Pero no le gustaban las improvisaciones, el desorden, el caos y la genialidad de ese Sam imprevisible. Lo agobiaba en exceso cuando Sam volvía del mercado con una fruta exótica, desorbitadamente cara, de la que desconocía el sabor pero que había comprado simplemente atraído por sus colores. No podía soportar que Sam se hiciese cargo de los perros abandonados, aunque solo fuera unas horas antes de llevarlos al centro de acogida; ni entendía que todos los mendigos del barrio lo persiguiesen para contarle sus historias cuando Sam no era más que un simple mecánico de coches, y no un psicólogo, ni un intermediario social ni un cura.

Cuando también Elena decidió dejarlo, la casa de Sam Bottom se convirtió en un cementerio. Había perdido la esperanza. Las mujeres eran figurines falsos que decoraban las casetas de feria como las decoran los farolillos y las luces de colores, algo fatuo, que se enciende y se apaga sin el control de nadie, una luz tenue que parece brillar con descaro sólo en casos de oscuridad absoluta. Sam se obsesionó con eso. Las luces, las sombras, la oscuridad. Por eso había ido llenando el techo de su casa de bombillas de todo tipo, hasta llegar a completar cada centímetro. Mil doscientas una bombillas en total colgaban de esa superficie blanca y famélica que parecía poder desmoronarse en cualquier momento, mil doscientas una bombillas de las que solo una daba luz.

Así es la vida, decía Sam, cada vez que alguien le preguntaba por qué tenía así su casa. Así son las mujeres, decía, creadas para dar luz y siempre apagadas…

El día que aparecieron los creativos de Osram para ofrecerle una millonada a cambio de una instantánea no se lo podía creer. No tuvo necesidad de pensárselo dos veces. Su vida iba a cambiar, iba a ser rico, podría olvidarse del taller de coches y de los perros del barrio, de los niños con sus callejeos matutinos y sus visitas vespertinas a su casa de las bombillas. Podría dedicarse a contemplar a las mujeres como las observan los hombres de dinero, con poder y prepotencia en la mirada. Podría vivir como un rey en un barrio de nuevos ricos. Sí, claro, claro, pasen ustedes ahora mismo, ¿qué necesitan?

Y mientras los fotógrafos colocaban sus potentes focos para dar luz a esas mil doscientas una bombillas estériles, y los creativos disputaban entre ellos cuáles eran las mejores perspectivas para las imágenes, llamaron a la puerta.

Sam Bottom abrió con una sonrisa de triunfador, pensando que llegaba ya el contable, el que iba a darle el cheque después de los servicios, pero se encontró con un hombre enjuto, trajeado de arriba abajo, y rodeado de tres policías altos y fuertes.

–  ¿Es usted Sam Bottom?

–  Sí, soy yo.

–  En nombre de la justicia, queda detenido.

Sam Bottom se empezó a reír. Miró al juez y le invitó a pasar.

–  ¿Quiere usted tomar algo, un café, un té?

–  Déjese de bromas, queda detenido.

Sam Bottom notó como unos hierros potentes rodeaban sus muñecas. Las manos férreas de uno de los policías rodeaban su brazo izquierdo, otro sujetaba sus piernas y otro rodeaba su pecho, como si tuvieran miedo de que pudiera salir corriendo –algo comprensible- o volando –algo, a todas vistas, absurdo-.

Sam Bottom intentaba dar luz a su mente, mientras chequeaba los últimos sucedidos de su vida, la fiesta (una vez más) de sus vecinos en su casa la víspera por la noche, con ese juego final (que se había ido convirtiendo en costumbre) de piñata en las bombillas, ese juego peligroso porque frágil era el cristal de las pequeñas bombillas que se llenaban de caramelos, que más de una vez se rompía para diversión de los concurrentes. Sam Bottom recordó la compra de las nuevas bombillas en el mercado por la mañana, y como había repuesto las tres que se perdieron la víspera, con cuidado, como siempre, pero ese día más especialmente, puesto que acudirían los de Osram y no debía quedar ni un centímetro del techo sin cubrir.

La policía expulsó a los publicitarios, quienes, a pesar de todo, habían tomado unas cuantas fotografías de ese lugar insólito. Y cuando salía el último fotógrafo por la puerta Sam pudo ver fascinado cómo la policía iba rompiendo una a una las bombillas y cómo iba sacando, uno a uno, mil ciento noventa y ocho bolsitas de hachís, guardadas cuidadosamente en cada una de las bombillas que decoraban su techo, excepto en las tres nuevas adquiridas esa mañana.

Entonces Sam comprendió, mientras se le venía a la retina tantas imágenes de falsas y fiestas y aparentes piñatas, que no era más que la tapadera de sus vecinos y amigos camellos del barrio, maldita sea, cómo pudo no darse cuenta de eso antes.

Sam miró al suelo. Su mundo interno de odio a las mujeres se esfumó por encanto. Añoró sus risas, su superficialidad, sus manías, sus órdenes. Quiso volver a encontrar el perfume, el tacto, la simplicidad de aquellas mujeres a las que quiso, pero solo notó el hierro de las esposas y el tirón de una policía que sin duda nunca creería en su inocencia.

Auxi Barrios. 24/06/2009