La burbuja univers-I+D-aria

Me gusta comenzar este blog intentando explicar qué entiendo por burbuja universI+Daria, una expresión que no existe como palabra compuesta pero que me he permitido acuñar porque pienso que retrata algo real.

Durante el pasado año miles de investigadores españoles han sufrido cruentos recortes en I+D y muchos de ellos han perdido su trabajo. Es triste y muy preocupante ver cómo buena parte de ellos salen fuera de nuestro país buscando nuevas oportunidades. Ha ocurrido lo mismo con los recortes de personal docente en las universidades: muchos compañeros con años de experiencia docente e investigadora están en el paro.

Estos últimos días en España, miles de estudiantes se están enfrentando al problema de unas tasas universitarias que han duplicado, triplicado, multiplicado su cuantía para segundas o terceras matrículas. Me duele palpar ese drama, pues muchos de ellos no están pudiendo matricularse y dejan sus estudios inacabados. Me apena especialmente el caso de aquellos estudiantes que cursan carreras especialmente difíciles o el de los que se costean sus estudios trabajando. Yo también hice parte de la carrera así y sé lo que es.

Con todo y por todo esto, creo que es un momento oportuno para analizar un problema que afecta a la vida universitaria y a la investigación, no solo en España sino en muchos otros países. Se acusa a la burbuja inmobiliaria española de buena parte de los males que hoy sufrimos. Poco se habla, sin embargo, de otras burbujas que han ido estallando. Esta, la burbuja universI+Daria, es la que a mí me afecta.

Analizaré tres aspectos de la vida universitaria y de la investigación que a mi juicio, más pronto o más tarde, tenían que saltar por los aires: la falsa investigación, la falsa docencia y el falso estudio.

  1. La falsa investigación.

La investigación universitaria es motor de desarrollo pero al intentar medir su calidad cuantitativamente, hemos perdido el norte. Durante unos años pensé que la falsa investigación solo se daba en España y entre humanistas, pero enseguida comprobé que se da fuera de España y fundamentalmente entre ingenieros, médicos y otros que encabezan un tipo de investigación aplicada especialmente necesaria para la sociedad. Un médico investigador finlandés de primera línea me lo dijo: “si todos los médicos investigasen de verdad, habría muchos más avances en la lucha contra el cáncer: estamos al 20% de nuestras posibilidades”.

¿Cuál es el problema? Que en la universidad ya no importa tanto el resultado cualitativo de la investigación cuanto lo cuantitativo, y solo este último aspecto tiene repercusión económica: a más artículos publicados, más sexenios y más posibilidades de conseguir proyectos; a más proyectos, más ingresos. ¿Y las empresas que invierten en investigación? Empresas tan potentes como las farmacéuticas se ven especialmente presionadas por cuestiones económicas. La investigación al estilo de Marie Curie es una utopía arcaica. He trabajado con ingenieros y al terminar uno de los proyectos les pregunté: “¿Qué tal? ¿Mejoró el sistema con la aplicación que desarrollamos?”. Me avergüenza reproducir la respuesta por el cariño que me une a mi colega, pero creo que es suficientemente elocuente: “Ni lo sé ni me importa, sacamos dos papers, ese era el objetivo”.

  1. La falsa docencia

Trabajo en una de las universidades más prestigiosas de España. Aproximadamente la mitad de los profesores, sin embargo, nos encontramos en una situación precaria. No es nada nuevo ni viene motivado solo por la crisis. Desde hace más de diez años se potenció un tipo de vínculo con la universidad a tiempo parcial, que permite que el profesor trabaje prácticamente igual que un titular, impartiendo tres o cuatro asignaturas cada curso académico, por una tercera parte del sueldo. Sé que en mi universidad son conscientes de que es vergonzoso tener doctores acreditados cobrando poco más de setecientos euros al mes. Pero la toma de conciencia, en un momento de crisis, no supone un aumento de posibilidades de mejora y más de dos mil profesores de mi universidad seguimos así. Si consiguen que mantengamos el puesto de trabajo el año que viene ya será una buenísima noticia. Me consuela al menos recibir el apoyo moral de nuestros compañeros titulares y catedráticos.

El porqué de esta situación es complejo, y no hay que desdeñar una cuestión tan importante como que todos los que seguimos aquí tenemos una vocación como una casa y pagaríamos por nuestro trabajo. Esto se presta a abusos. Tampoco hay que dejar de lado que muchos de nuestros colegas pasaron por una situación también precaria en algún momento de su vida, ni esa visión despectiva del profesor en una sociedad que tradicionalmente le ha tratado mal y pagado aún peor. Aún recuerdo a uno de mis mejores profesores de primero, cuando le dije que quería ser profesora en la universidad. “Olvídate”, me dijo con mirada triste, “te vas a morir de hambre, sácate las oposiciones del TAC y ganarás mucho más”. A mí su consejo sólo me sirvió para empeñarme aún con más ahínco en hacer lo que quería, pero sigo sin entender por qué un funcionario de alto nivel gana mucho más que nosotros. Como a casi todos mis compañeros, probablemente me hubiese costado mucho menos esfuerzo sacarme las oposiciones del TAC que defender la tesis y dedicar quince años a intentar hacer carrera universitaria. Todo esto no ayuda a quienes disfrutamos con lo que hacemos y solo anhelamos un trato digno y poder vivir de un solo sueldo.

  1. El falso estudio

Muchos de los estudiantes de ahora no saben estudiar. Para empezar no saben estar en clase sin mirar el último mensaje que les ha entrado por Whatsapp o sin echar un ojo a Facebook. Como dice mi hermano Joaquín cuando observa a mi sobrina (que no sé si me quiere más a mí o a mi móvil ;-), “estos chicos sufren tecnopatía”, que es un paso más allá, pero muy nocivo de la tecnofilia. Parece que sus mentes se acostumbran a sobrevolar por encima de los titulares y a considerarse informados de todo en unos segundos. ¿Cómo ayudar a que esas cabezas se formen? Casi todos estamos modificando nuestro modo  de dar la clase, pero aún con todo… ¡tienen que estudiar! Y ese es el reto. Con los grados ya no basta con estudiar un mes antes de los exámenes: es imposible aprender así y es más que imposible aprobar así.

Lamento que los repetidores de asignaturas tengan que pagar casi más por una única asignatura de segunda o tercera matrícula que por un nuevo curso completo. Me hubiera gustado que esta medida fuera progresiva para que se hubieran podido poner las pilas durante un curso: muchos de ellos hubieran salido bien parados. Pero así es la vida, a todos nos golpea. La parte buena es que algunos malos estudiantes van a empezar a estudiar más en serio y van dejar de ser chupópteros de una sociedad que con sus impuestos les paga buena parte de su matrícula, mientras a sus profesores los echa de las aulas.

¿Hay soluciones? No lo sé, pero pienso que el sacar experiencia está al alcance de todos, y todos y cada uno quizás podamos intentar cambiar algo. A mí se me ocurren algunas ideas, ahora que la burbuja estalla y aún se siente su humedad en el rostro:

  1. Midamos la investigación con medidores cualitativos: ¿cómo puede ser que un evaluador de la ANECA tenga prohibido leer un artículo para averiguar su calidad?
  2. Investiguemos de verdad: busquemos mejoras concretas y evaluemos su eficacia en el caso de la investigación aplicada. Devolvamos a la sociedad lo que la sociedad previamente nos ha dado. ¿No se sostiene buena parte de nuestra investigación con el dinero de todos?
  3. Cambiemos la mentalidad: miremos al profesor universitario como lo que es, un amante de la docencia, un enamorado de la investigación. Todos hemos tenido algún profesor que no respondía a este perfil. Quizás los criterios para entrar en la universidad, antes, eran diferentes.
  4. Deseemos que los profesores tengan un sueldo digno, equiparable al de los alemanes o ingleses que triplican o cuadruplican los nuestros. Creo que es merecido. Hay muchos años de estudio, mucha renuncia, mucho esfuerzo. Y si nos permitimos desearlo, a la larga, con el tiempo, conseguiremos no solo que los precarios dejemos de serlo, sino que los demás también mejoren.
  5. Estudiantes, estudiemos. No entro en la riqueza de situaciones en la enseñanza obligatoria: he sido profesora de instituto y sé que hay niños descentrados, hiperactivos, creativos, inquietos… No. Estamos hablando de enseñanza universitaria, voluntaria, escogida. Pongámonos las pilas.

Auxi Barrios, 28/09/2012