Inmovilismo

En una época de grandes crisis como la que vivimos, tendemos a contagiarnos el pesimismo en cuanto abrimos la boca. Pienso que la gran oportunidad de estos años difíciles es la de reflexionar y aprender de las propia experiencia para no volver a caer en las circunstancias que nos han llevado hasta aquí. Y esta reflexión, a mi modo de ver, debe ser colectiva.

En los próximos blogs pretendo escribir algunas de estas ideas. Me gustaría compartirlas, discutirlas con otros. Me gustaría que fuéramos aún muchos más los que habláramos de cómo hemos llegado hasta aquí, porque solo el reconocimiento de los puntos flacos puede permitirnos la decisión rabiosa y apasionada (así la necesitamos) de salir de esto. Es de sabios rectificar, pero para rectificar primero hay que reconocer.

Hoy me gustaría intentar definir qué entiendo por inmovilismo, una actitud que bebe de las mismas aguas que la pereza, la comodidad, el conformismo y la inutilidad. Me apena decirlo pero me parece que es una actitud propia de muchos españoles, entre las que, por desgracia, en ocasiones me he encontrado.

El inmovilismo es la actitud de no quererse mover, de no querer cambiar; del “bueno, pero ¿a dónde me voy a ir?” de las personas que no están contentas con su trabajo; y del “imposible, encontrar trabajo” de los que se llevan las manos a la cabeza al pensar en un posible empleo a más de una hora de su casa. Es la actitud de tantos españoles que pasan los treinta años y siguen con sus padres, porque se está muy bien. Y de muchos de los restantes que, aunque se han ido, han buscado la casa más cercana posible para dejarles los niños a diario.

El inmovilismo nos llevó a la crisis y el inmovilismo nos está impidiendo salir de ella. Pondré dos ejemplos concretos.

Hace algo más de un mes tuve la oportunidad de comer con un francés que había sido director general de la sucursal de una compañía internacional en España. Tenía quinientos trabajadores españoles en plantilla y durante muchos años vivieron de la bonanza de la que disfrutamos todos. Cuando empezó la crisis intentó por todos los medios salvar la situación. Le pidió a la gente que se moviera, que fueran de Madrid a otros puntos de España. La respuesta fue siempre negativa, nadie quería cambiar de ciudad. ¿Resultado? En dos años echaron al 80% de la plantilla y poco después vendieron la empresa. Estoy segura de que la situación era compleja y el hecho de que se hubieran movido quizás no hubiera servido del todo para capear la crisis, pero lo cierto es que nunca podremos saber cuánto se hubiera podido salvar porque nadie se movió.

Hace unos días Richard Vaughan contó en su programa de radio que habían puesto dos anuncios de empleo: en uno no se decía que era para trabajar en Vaughan, simplemente se pedía un administrativo que ganaría 15.000 euros al año. En el otro se decía que era para trabajar como comercial de Vaughan, con un sueldo mínimo de 25.000 euros al año, que podía fácilmente ascender a 38.000 por comisiones. Lo esperable era que hubiera más solicitudes para el puesto mejor pagado, más sabiendo que se trataba de una empresa solvente. La sorpresa fue mayúscula: hubo setecientas solicitudes para el puesto de administrativo y solo cinco para el de comercial.  Este empresario, cuya inteligencia, intuición y capacidad de trabajo le han llevado a pasar de ser profesor de inglés a ser dueño de una impresionante empresa, decía con sorpresa que solo se podía hacer una lectura de este hecho: los españoles prefieren un trabajo seguro y rutinario, a uno en el que tengan que esforzarse y poner de su parte. Y añadía que jamás saldríamos de la crisis si no éramos capaces de cambiar esta actitud.

Tengo muy poco que añadir. Me encantaría que, después de la crisis del ladrillo, hubiéramos aprendido todos y no nos metiéramos en una hipoteca hasta pocos años antes de jubilarnos, cuando podamos pagar al contado buena parte del importe de la casa. Esta es la costumbre de otros países europeos. El dinero que regalan los españoles a los bancos como intereses los gastan ellos en pagar los alquileres. Esto permite que durante su vida profesional puedan moverse no solo de una ciudad sino de un país a otro. Muchos aún se quejan de que las hipotecas de ahora no cubren más que el ochenta por ciento, y no saben que en otros países europeos se da como mucho el veinticinco. Es algo mucho más sensato que lo nuestro.

Volvamos al principio…. el inmovilismo. Hay mucho de inmovilismo en nuestra cultura. Un inmovilismo que paraliza y amuerma, lleva al aburrimiento y a la queja, provoca que miremos hacia otro lado pensando que la solución nos la tienen que dar otros.

El inmovilismo es una lacra que me encantaría que dejara de caracterizar a los españoles.

Auxi Barrios, 16/06/2013